Francisco: una arqueología del texto no escrito…
Guillermo Benítez
Profesor de filosofía del colegio Santa Clara de Asís, de José C. Paz
Había sido que es difícil escribir, aún en tiempos de procesadores de textos e Inteligencias Artificiales, que en teoría alivianan la tarea. Escribir requiere de un esfuerzo voluntario de entender y trazar un posible itinerario para darle cuerpo a ideas, deseos y horizontes. Escribir, requiere de un inteligir (leer dentro) el tema del que se quiere decir algo. Escribir obliga a trazar un boceto y un esquema sistemático que orienta al escritor poniéndole los soportes necesarios sobre los que los signos darán cuerpo al proyecto. Escribir entonces exige de una planificación para que, lo que se plasme en “el papel”, tenga una coherencia y sea comprendido por los lectores. En otras palabras, escribir es una actividad de laboratorio donde la sistematicidad configura el sentido. Es decir, escribir, narrar, se sustenta en una estructura sémica que le permitirá al lector inteligir (leer dentro) el sentido que el texto mismo anoticia.
Leer, por su parte, implica no sólo la destreza de reproducir y entender los signos sémicos, sino la habilidad de la comprensión de lo que el conjunto de signos representan: conceptos, racionalidades, emociones, rememoraciones, instrucciones, etc. Leer, como escribir, son actos que requieren de un aprendizaje y de la confluencia de habilidades cognitivas entrenadas para dar sentido al cosmos. Ambas acciones acaecen en simultáneo en el creador de un texto, y éste, a su vez perdura en el tiempo atravesando instantes. Es así como, un texto puede convertirse en un relicto si aquel no lo devora sino que lo más bien lo desenvuelve.
Francisco, el Pobre de Asís, aquel texto no escrito en signos alfabéticos del Altísimo, pero si como representación de su Creador, atraviesa el tiempo, el espacio y las culturas, develando, como lo hace la arqueología, aquellos vestigios de divina humanidad. Francisco como representación semántica, intelige el misterio del Altísimo y a su vez se hace lectura, para nosotros, de aquel Misterio tan patente a nuestros sentidos. En su acaecer en este mundo, él corrió el velo (develó) de aquellas representaciones del cosmos con tanta transparencia y patencia que es imposible que el tiempo vele aquello que está escrito para ser experimentado por generaciones y generaciones. De 1.182 a 1.226 el mundo contuvo en su seno a quien supo contemplar activamente los dos misterios, el mundo y su Creador. Y no contento con ello, les enseñó a sus contemporáneos, y a los futuros, a hacerlo.
Si 800 años no alcanzaron para terminar de leer a este paradigma, menos aún se hará en este fragmento. Sin embargo atrevámonos a siquiera mencionar-develar dos trazos de su humanidad. En primer lugar y a la luz de los acontecimientos del mundo contemporáneo, Francisco nos devela aquella escritura cuneiforme que nos interpela: ser hermanos de todos. Este trazo de Francisco tan conocido pero a la vez tan extranjero a nostros, nos interpela a pensar cómo nos entendemos en el mundo los seres humanos. Ser hermanos es una categoría de lectura de aquello que somos como creaturas; es la condición necesaria. Ser hermano es la oposición directa de entendernos y entender la creación como un objeto mercantilizable. Ser hermanos implica entendernos, no ya como consumidores o usuarios, sino como iguales, parados uno frente a otro en igualdad de dignidad. Ser hermanos de la creación es entendernos, leernos, contemplarnos como iguales en nuestra condición de creaturidad y por lo tanto tratar al cosmos, la creación como a un igual. Y aquí Francisco no se convierte en un ecólogo que mira al mundo como sustento de la supervivencia humana, sino que nos obliga a comprendernos como cohabitantes tejidos en una red continente y contenida. Esta trazo del Pobre de Asís hoy, más que nunca, es paradigmático e interpelante al momento de caminar con esperanzas en un mundo que ve a lo que nos rodea como algo a ser usado, descartado o eliminado. La creaturidad es la condición que nos hermana y nos escribe en el mundo, en dialéctica patencia con la idea de mercancía, objeto de consumo.
En segundo lugar el trazo de sine proprio, que devela la forma de estar en el mundo, arrojados frente a los otros. No se trata de una condición espiritual intimista, sino de una actitud frente al otro y frente al Otro. El sine proprio de Francisco implica reconocer la absoluta dignidad del otro como otro necesitado, al tiempo que uno se entiende a sí mismo como necesitado de los otros. No apropiarse de nada permite entender el dolor del otro en clave de empatía que repele la idea de dominación y sometimiento. Una humanidad que se apropia y que lee al mundo, y a los humanos, en clave de recursos, se entiende a sí mismo como dueño. Y el dueño se apropia, descarta o elimina aquello que considera que le es de su propiedad. El sine proprio escrito en la vida de Francisco es el desafío y el paradigma de nuestros tiempos. Es la obligación apresurada a entendernos como los no dueños del mundo y de la vida de los otros.
Por último, estos dos trazos, tal vez reductivistas, del gran texto que es Francisco, son los relictos (vestigios que atraviesan el espacio tiempo) que develan necesariamente a nuestra realidad contemporánea. Develan porque interpelan nuestro modo de inteligir quiénes somos y cómo vivimos y tratamos al mundo en el que fuimos arrojados en nuestra criaturidad. Francisco nos devela el modo necesario ser y estar en el mundo, como hermanos y sin apropiarnos del otro. Francisco sigue diciendo todavía hoy “…alabado seas mi Señor…”
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